Cerillas partidas a media asta.

Tan solo hace unos días que Sanija me colaba en una fiesta privada para ver el partido de la selección Bosnia contra Argentina en Sarajevo, en la vuelta hacia su casa, Sanija me preguntaba si había escrito algo sobre la historia de su familia en mi blog.
En ese momento solo supe mentir y decirle que lo estaba hablando con Amela, su hija, la verdad, nunca me hubiera atrevido a pedírselo si no fuera por esas escuetas palabras, tampoco pensaba que Amela me diera su aprobación.

Pero Amela hace unos días y a petición mía, me autorizó a explicar su historia.” La moto me permite recorrer sin cierta protección cualquier lugar, obligándome a que me funda con el medio y sus gentes en una simbiosis difícil de explicar. Hace tiempo que mi interés no está en las piedras, más está en las personas que en ellas viven.”

Sarajevo, abril de 1992.
A escasos metros del barrio Turco de Sarajevo Semina termina las maletas para pasar el fin de semana en Skopje, Macedonia. Su marido, Sanija, está trabajando en el aeropuerto de esa ciudad de forma temporal. En su habitación del piso superior,  Amela, la hija menor de la familia Memic y que cuenta con apenas diez años se muestra inquieta, nerviosa y no para de hacer preguntas a su madre o incordiar a su hermano algo más mayor y sereno.

 

“Ese fin de semana van a ver a papá.”

Son tiempos revueltos en Sarajevo y en Bosnia y Herzegovina, pugnas nacionalistas y étnicas dividen el país en tres bandos, Serbios, Croatas y Bosnios, o lo que es prácticamente lo mismo, Cristianos Ortodoxos, Católicos y Musulmanes se enfrentan por sus ideales religiosos, culturales y territoriales instigados por la clase política de la época. Pero Sarajevo, fiel a su estilo multicultural desde tiempos inmemorables intenta seguir ajena al conflicto entendiendo que todo se solucionará de una forma pacífica, como siempre ha ocurrido.
Es la hora de partir y Amela adelanta a su madre y a su hermano para subir la primera al autocar, Semina y su hijo se miran y se ríen, a la vez que se preguntan cuanto tardará en decir; ¿Cuánto falta para llegar a Skopje? El trayecto de casa de los Memic hasta la estación de autobuses de Lukavica se ha sucedido bajo la ya común batería de preguntas de la curiosa Amela, ésta, como siempre, no queda satisfecha con respuestas monosílabas.
Semina, poco amante de los viajes en autocar y deseosa de volver a los paseos con su marido junto al río Miljacka y el puente Latino se mira su Sarajevo desde el recuerdo que le proporciona la ventana mágica del autocar. Afuera hace frío, unos escasos ocho grados y los restos de un blanco húmedo en lo alto de las colinas que rodean la ciudad de Sarajevo le recuerdan que están alejándose del invierno, algunos brotes, los más valientes, muestran su mejor cara anunciando que la primavera esta al caer. Adoquines, railes, minaretes y puentes pasan ante la mirada perdida de Semina, centrada ahora en el reencuentro con su marido.”Quien les iba a decir que tardarían cuatro largos años en volver a ver esos adoquines.”
Después de un largo trayecto de más de diez horas madre e hijos llegan a Skopje. Amela hace rato que está de rodillas en su asiento bajo amenaza de ser castigada si se pone de pie, no para, sus anhelos, incontenibles en ese momento, buscan mediante sus ojos flanquear el último obstáculo que la separa del cálido aliento de su padre. Apresurada, baja del autobús y se lanza a sus brazos, su hermano, algo más comedido lo abraza mientras Semina espera en la prudencia su turno con una cálida y sentida sonrisa.
El fin de semana transcurre con la normalidad lógica en una familia humilde hasta el domingo cinco de abril, ese día, a Sanija le llega la noticia de que dos mujeres habían sido asesinadas en Sarajevo por francotiradores en el transcurso de una manifestación. La guerra está servida.”El autocar de Amela se había convertido en el último vehículo público y civil que saldría de Sarajevo de una forma libre y no condicionada en los próximos años.”
Al día siguiente, lunes seis de abril, dos cientos cincuenta tanques y ciento veinte lanzagranadas serbios bombardeaban a sus iguales y semejantes en la ciudad que les vio nacer. Lo hacían de forma compulsiva y sistemática olvidando por completo lo que les había unido durante tantos años.”Alex, nosotros hablábamos y seguimos hablando el mismo idioma, el Croata, el Serbio y el Bosnio son dialectos comunes basados en la misma lengua, se pueden escribir en latín o en cirílico pero seguirán siendo la misma lengua. No son como el castellano o el catalán que son dos lenguas distintas”Amela, ajena aún a lo que estaba ocurriendo en su ciudad natal buscaba leer en los ojos de su padre y madre lo que pasaba allí sin lograr comprender.

– Amela cariño, no podemos volver a casa, nos quedaremos en Skopje una temporada.

Eso frase bastó para que Amela, desolada, pensara en sus abuelos paternos y maternos, en sus tíos, en sus primos, amigas y amigos del colegio. ¿Qué sería de su periquito? De su cama, de su habitación, de sus muñecas, lecturas y sueños. ¿Como una niña de diez años podía comprender los problemas de los adultos? Por suerte, los sueños de Amela podían refugiarse en el cobijo que le prestaba el brazo de su padre en un extraño sofá que sin quererlo pasaría a formar parte de su vida durante los próximos siete meses.
Skopje, noviembre de 1992Las noticias que llegaban de Sarajevo eran poco alentadoras, las calles, los puentes, los ríos y las casa de Sarajevo eran castigadas por los bombardeos serbios. Nada hacía pensar que esa situación iba a cambiar en los próximos meses. De ese modo, y sin haber comprado ningún número de lotería Amela y su familia entraban en el sorteo de la Liga de Derechos Humanos y La Embajada de los Niños. Esa forzada y cruel suerte los llevaba a aterrizar en el aeropuerto de barajas un gélido dieciséis de noviembre de mil novecientos noventa y dos, de ahí, junto a treinta Bosnios más, fueron trasladados a Soria.
Durante mi paso por la casa de la familia Memic, tanto Sanija como Amela, y siempre por separado, me insistieron en que en Soria conocieron a su ángel de la guarda, Sor Rosa Méndez. Aquella “monjita” como ellos la llamaban les recibió, les acogió y les ayudó en todo lo que pudo manteniendo a día de hoy el contacto mutuo. Amela también me contaba que del hospital donde durmieron el primer día fueron trasladados a un piso junto a la Iglesia de Santo Domingo, un piso cedido por un Soriano de forma altruista.
Soria, las primeras navidades y seis meses de adaptación.Por muchos esfuerzos que hiciera Semina no podía esconder la angustia que sentía por no saber donde estaban sus padres, a diferencia de los padres de Sanija, residentes en Sarajevo durante el sitio de cuatro años, los padres de Semina vivían en el campo cuando se inició la guerra y su paradero en aquellos momentos era desconocido. Las personas que pudieron huir de las zonas rurales iban a las fronteras de Croacia o hacia la ciudad, Sarajevo. En Croacia, eran asesinados por el pacto conocido entre los dos lideres, el Croata y el Serbio, que consistía en aniquilar a los Bosnios para repartirse el país, por suerte, los Croatas cambiaron de actitud cuando aun no era demasiado tarde.
Solo Sanija intentaba y podía consolar a su mujer en el intento de normalizar una situación que de ningún modo podía ser normalizada en un día a día como aquel. Por su lado, Amela y su hermano intentaban remontar la dificultad idiomática del castellano con el fin de continuar su formación escolar en el centro La Arboleda de Soria.
Pasados seis meses la ayuda gubernamental española se acabó, dejando a la familia Memic en una situación de desamparo, al parecer, el gobierno español de la época solo había previsto ayudas para seis meses. Me contaban los Memic que los Sorianos se organizaron para recoger fondos y alimentos aunque estos no llegaban a ser suficientes para todos.
“Alex, lo mejor que nos pudo pasar es que nunca nos separaron” Amela Memic.Madrid, junio de 1993
Sanija reinventaba su oficio a la vez que lograba encontrar un trabajo en Madrid, en la construcción. Sin muchas opciones la familia Memic se veía obligada a pintar en su lienzo de vida una preocupación más, ese lienzo, forzado en su forma y en su tamaño en el último año corría el riesgo de resquebrajarse en cualquier momento por el dolor y el sufrimiento, su fuerza, residía en la unión familiar.El constructor que contrató a Sanija les dejó un piso gratuito durante seis meses junto al parque de El Retiro, pasado esos meses, la familia Memic debía pagar el alquiler de un piso que se comía cual feudal a su plebeyo el noventa por ciento de su sueldo. Semina, se veía obligada a limpiar alguna casa mientras los dos hermanos debían volver a adaptarse a nuevos colegios y compañeros de clase, esta vez, la dificultad era mayor pues iban a colegios separados.”Sor Rosa Méndez se trasladó con nosotros a Madrid y nunca nos dejó solos” Amela Memic.

Madrid, dos años y dos meses.Los días pasaban en Madrid mientras la familia Memic asistía a su sesión diaria de cine de terror. La película que parecía no tener fin  oscurecía el momento de volver a casa y recuperar sus vidas.
El principal hobby de los domingos se había convertido en buscar contactos en las organizaciones humanitarias de la zona para que les hicieran llegar a sus familiares cartas de vida. Sobres, que lejos de ser llenados con papel mojado y extensos textos tenían la vital misión de transportar cerillas de media asta con la intención de reducir su peso. Alguna chocolatina para los primos, un poco de comida para el periquito o algo de dinero en el mejor de los casos.”Nadie quería llevar cartas pesadas, por eso partíamos las cerillas, para que pesaran menos” Amela.
Sanija y Samina, conscientes de la situación en Bosnia hacían lo posible para despegar del noticiario televisivo a un joven que ya se había convertido en hombre y a una niña que ya no jugaba con muñecas. Así, los paseos por el parque de El Retiro de Madrid se convertían en la única terapia que se podía permitir la familia Memic, pero lejos de desfallecer, a Sanija se le ocurrió la ilegal idea de empezar a vender bebidas refrescantes en el retiro los días de fiesta para procurarles algún ingreso extra.No me cabe la menor duda de que muchos de nosotros pasamos por su lado tocando los tenebrosos e ignorantes acordes del, eso es ilegal, con estos extranjeros que no pagan impuesto así va el país, al final seremos nosotros los que nos tengamos que ir o fíate tu de lo que meteran en esas bebidas. De fuera vendrán y de casa te echarán.¿Y cuantos de nosotros nos paramos a pensar que lleva a las personas a hacer algo ilegal?

“Será que nuestras bolsas de la compra pesan demasiado para fijarnos en el hambre del otro.”

Imagino que poco le importaba a Sanija llevar la etiqueta de Bosnio pues jamás perdió su objetivo en su reducido lienzo de vida, mantenerse fuerte y mantenerlos a todos juntos.

Acuerdos de Dayton, diciembre de 1995.

Al fin llegaba a casa de la familia Memic la noticia del fin de la guerra. Más adelante, en marzo, Sanija y Semina decidirían volver a Sarajevo cuando Amela y su hermano acabaran el curso escolar. Llegó junio pero los tramites para volver de donde habían sido expulsados tampoco eran fáciles, y esos tramites se alargaron hasta setiembre.

Los acuerdos de Dayton firmados en Paris por los tres líderes ante la comunidad internacional que poco había hecho para evitar semejante barbaridad se plasmaban en un papel con claro beneficio para los Serbios que vivían en Bosnia.

Bosnia y Herzegovina quedaba fracturada en doce porciones de tierra manchadas de sangre, odio y rencor. Por un lado se constituía el distrito independiente de Brcko, por otro la República Srpska controlada y administrada por Bosnios serbios, mientras que el resto del país, era para una Bosnia y Herzegovina que veía reducido su territorio a la vez que lo tenía que dividir en diez porciones más, diez cantones, o provincias, o tribus, como leía hace poco de algún escritor Bosnio, constitución territorial, político y económica que les impedirá siempre formar parte de la UE.

Sarajevo, septiembre de 1996

Es lunes dieciséis de septiembre de mil novecientos noventa y seis y ya han pasado algo más de cuatro años desde que nos impidieron volver a nuestra casa. Hoy, en el año que cumplo los catorce años vuelvo a pisar Sarajevo cogida del brazo de mi padre mientras arrastramos nuestro lienzo de vida cosido en varias maletas. El camino del aeropuerto al hogar de mis abuelos fija en nuestras retinas una Sarajevo que apenas reconocemos, siendo el cauce de los ríos los únicos que consiguen situarnos en ella.

Por la mañana sentí una mano familiar que acariciaba mi pelo y mi cara mientras me susurraba al oído.

– Cuanto te he echado de menos mi niña.
– Y yo a ti también abuela. Y yo a ti también.

————————————–

Durante mis tres intensos días en Sarajevo la familia Memic siempre me transmitió su gratitud hacia los españoles que se cruzaron en sus vidas, ni un ápice de rencor o dolor salió de sus labios. Su corazón sigue estando en casa de muchos españoles y catalanes, como dice Amela, porqué también me siento un poco catalana, ambos, lugares muy significativos para ellos.

En la actualidad, Amela Memic goza de treinta y dos años vitales y activos, desempeñando su labor profesional como guía de Bosnia y Herzegovina.

Por motivos laborales solo pudo dedicarme unas horas que utilizó para explicarme parte de la historia de Sarajevo y de Bosnia y Herzegovina, una historia a la que presté poca atención pues preferí fijarme en sus gestos, reacciones y expresiones al contar las misma.

Su padre, Sanija, o Sasha para los amigos, se convirtió finalmente en mi referente y fue quien me llevó de aquí para allá, de la colina al río, de la cerveza al te y del sofá a una fiesta privada para mostrarme en toda su plenitud el pasado y el presente de Sarajevo, por ente, el futuro que quiere para Bosnia y Herzegovina.

Sarajevo, contrariamente a lo que mi conciencia creía es una ciudad abierta, tolerante, multicultural y cosmopolita que sigue huyendo de los ecos del pasado a la vez que busca el mejor futuro para los Bosnios, prueba de ello, es que hace unos días se inauguraba de nuevo la Vijecnica, el antiguo edifico de la Biblioteca Nacional que ahora se utilizará como ayuntamiento, nada más y nada menos, que veinte años después de su incendio.

“Pero en el ruidoso paso de mi moto por los pueblos Bosnios podía sentir como el silencio seguía a la espera de que cientos de violadores y miles de desaparecidos sean condenados y enterrados, en ambos casos, para curar unas heridas y unos miedos que aun siguen muy presentes en sus retinas.

La moto, y solo ella, es la única culpable de que acabara en la casa de la familia Memic. Hubiera podido ir a uno de los cientos de hostel, hoteles o pensiones que hay, incluso hubiera podido montar la tienda de campaña en cualquier llano aunque fuera poco recomendable por los aun existentes campos de minas.

En cualquier caso, estoy convencido de que todas esas opciones me hubieran hurtado la oportunidad de explicar esta historia, una historia hermosa que se alza victoriosa entre las miles de violaciones, asesinatos, torturas, desapariciones y mutilaciones que vivieron los Bosnios durante su guerra civil.

Una historia de lucha, de tolerancia, de integración, de superación, de pundonor, de humildad, de familia y de valores que pintaré en mi lienzo de vida para poder consultarlo ante cualquier adversidad que me pueda sobrevenir.

“Una historia que reafirma mi convicción de que no sirve de nada apenarse del pasado más solo vale luchar por el presente, para solo así, tener la oportunidad de un futuro mejor.”

Cualquier rider, overlander o viajero mochilero que quiera una habitación en Sarajevo solo tiene que escribir a Amela al mail: amelamemic9@gmail.com

Puesto que esta entrada no estaba preparada como algo propio del viaje en moto tampoco tiré fotos específicas para ella. En un ejercicio que me ha llevado varias horas he intentado elegir y separar más de mil fotos en pasado, presente y futuro, dándome cuenta al final, que muchas de las que representaban el pasado, como por ejemplo los cementerios musulmanes, tenían algún niño correteando entre sus blancos, las que representaban el presente, como los niños o adultos paseando en la calle, tenía en su pared posterior algún agujero.

Una vez más Bosnia y Herzegovina me muestra que es imposible construir el futuro sobre un presente que no muestra el pasado.

Sarajevo desde la colina este.
La colina o monte Spicasta Stijena, colina del este-norte de Sarajevo desde donde se bombardeaba la ciudad. Sus arboles están quemados y pelados en sus primero cinco metros debido al fuego de los morteros defensivos contra estos enclaves.

Casa por reconstruir en el monte Spicasta Stijena
Una calle del barrio Turco. Bascarsija
 Río Miljacka
Un domicilio cualquiera en el barrio de Bistrik.
Gente del barrio de Kovaci
Pintando unas sillas en el barrio de Kovaci
Cementerio Memorial en el barrio de Kovaci donde yacen enterrados, entre muchos, los más de mil seis cientos niños que murieron durante el sitio a Sarajevo.
Paradojas de la guerra y de la vida.
Sebilj en el barrio de Bascarsija
Mezquita Gazi Husrev, la principal de la ciudad donde conviven las religiones musulmana, cristiana, ortodoxa y judía.
Una de las Rosas de Sarajevo
Delante de la Catedral del Sagrado Corazón, unos novios se prometían amor.
(El chico me pilló haciéndoles la foto… Me guiño el ojo y sonrió)
El hombre que centraba mi curiosidad sobre su historia.
Pasado y genocidio
Futuro y genocidio
Sanija Memic. Para mi, Sasha, mi colega.

La familia Memic (Foto cedida por Amela Memic)
Compárteme...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInEmail this to someone

5 pensamientos en “Cerillas partidas a media asta.”

    1. Gracias Juan Pablo. Es cierto, cuando lees historias como esta te das cuenta de las pequeñeces por las que nos preocupamos a veces, y sobretodo, por lo que significa imponer y no respetar a los que piensan, hablan o se expresan de forma diferente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *