De Tuzla a Sarajevo

De lo que se entera uno al final del día.
Eran las seis de la mañana cuando me levantaba de mi habitación en un motel de carretera en Orovac, a escasos diez kilómetros de Zvornik. Ayer pase por alto comentarlo, pero tampoco tenía sábanas, por suerte, menos movimiento que el de Pristina. Había dormido como un ángel gracias al placentero pensar inconsciente de las gotas de lluvia mojaban mi ventana. Pero no, no había sido un sueño, y ese placer anterior se convirtió de forma rápida en un problema. La zona del motel aparecía medio inundada, y la carretera escupía agua a doquier en cada paso. ¿Pero si el día anterior había echo un sol espatarrante

Llovía sobre mojado, y eso nunca es bueno para la tierra, menos aún, para las personas, y si hay ríos cerca, peor. Debía retrasar mi salida a la espera de que parara semejante diluvio. ¿Retrasar? ¿Retrasar el que? Perdona Alex pero tu no andas por el mundo con la moto, tu vas y vuelves y tienes unos días para ello. Colgar la entrada de ayer, más dos cafés, mas charlas de whasapp y facebook y mis uñas iban a la boca como mi culo se levantaba de la silla. Mil veces has conducido en mojado, por una más, no ha de pasar nada. Bueno, o no debería. Dicho y hecho, y enfundado en el traje de agua me veía saliendo a la carretera.

Diez kilómetros para tomar el pulso a la carretera mojada y… ¿Eso que es? ¿Marruecos? La carretera cambiaba de color delante mió, de asfalto negro pasaba a algo parecido a un color crema salteado con manchas brillantes. El río que bajaba junto a la misma, me miraba algo cabreado. Antes de meterte debía mirar bien de que piso se trataba, y como si de meterse en agua fría se tratara, primero la rueda de delantera, luego la trasera… Ok, no me hundo, algo es algo, vamos bien pensé. ¿Y esto tendrá fin o me quedaré así para siempre? Es fácil de explicar esto ahora, sentado en la cama de una habitación que me han alquilado en la ciudad de Sarajevo, pero esta mañana hubiera partido una aguja por ya sabéis donde. ¡Al lío! Como un pésimo jugador de golf iba esquivando los hoyos como podía, no habían carriles, así que era uno contra todos y todos contra uno. Dos coches, uno por la derecha y otro por la izquierda y yo por el medio. ¿Por donde pasa el que viene de cara? Pues entre la moto y el coche de la derecha, de locos. No se si cuatro, seis o ocho kilómetros en este plan, pero se hizo eterno hasta volver a pisar tierra firme, digo, asfalto.
Unos kilómetros más y zasca, caravana. Adelanto como puedo hasta llegar a un cruce, giro a la derecha por el carril contrario y observo. Es importante eso de parar y observar. Al fondo, la tragedia, dos camiones encastados de frente, por experiencia, hablaría de al menos un accidente mortal. A mi izquierda, el río amazonas bajaba, también, cabreado. ¿Y ahora que carajo les pasa a mis piernas? Tiemblan.
Decido adelantar esa fila de coches y camiones por el carril contrario, como podéis imaginar de cara no venía ni un alma, y justo en el último camión me aparece un policija con un salto lateral, había oido el rum, rum, del Boxer. Me mira y se pone a gritar algo exaltado, y algo de razón tenía, supongo que él esperaba un lugareño para empapelarlo, no un pato mojado en moto cargado hasta los dientes. Sin pensárselo dos veces me hace la seña de que tire. ¿Por donde? Respondo con los hombros encogidos. Y me indica que pase por un medio camino de barro y hierba entre una caseta de autobús y el accidente. Si el poli hubiera sabido como llevaba las ruedas… La bajadita muy bien, pero al llegar la subidita, la gordita no pudo con su alma y se enterró medio palmo en el barro.
El policía, algo más molesto por tener que prestarme más atención a mi que al propio accidente llamo al grito de “ya” a otro policia, ambos intentaron empujar a la gordita con una mano, en la otra llevaban el walkie. Yo, cagado por la situación, intentaba arrancar pero nada de nada, eso patinaba y había tu tía de sacar la moto de ahí. El listo, tiro de dos de la parada del bus, que algo molestos por el barro se acercaron a ayudar. Mi cara era entre vergüenza y canguelis, a la vez que mi otro yo , para putearme, empezaba a tararear:
.- Dos policías, se balanceaban, sobre una moto embarraaaaaaaada, y como veían, que ya no podían, fueron a buscar a otro Booooooosnio.
¡Calla, calla, ahora sí, ahora sí! La gordita conseguía salir de allí. Se que lo lógico hubiera sido parar y dar las gracias, pero mi otro yo se apoderó de mi y le dio gas a la moto levantando su mano izquierda y por ente, el pulgar a modo saludo a lo John Waynhe a lomos de su caballo. No miré mucho por el espejo, pero alguna de las cuatro caras no era de amigos, y alguna que otra voz no sonaba bien.
Siguiendo por aquella carretera por decirle de alguna forma no me sentía bien, ese río me seguía como el que va avisa y nos es traidor, lleva peligro. ¿Un túnel? Y se hizo de noche, bache, bache, agua en los pies… ¡Joder que me muerooooooo! Salí de ese túnel acojonado, pero lo peor, es que vino otro, y otro, y otro, y al quinto o sexto decidí parar.
Por la mañana había mirado el mapa en google maps, esa carretera bordeaba la frontera Bosnio-Serbia, y el río la acompañaba hasta casi Srebrenica, mi destino. Era el momento de tomar una decisión, y cuando se es padre de uno de ocho años y otra de dos años, esa decisión suele ser fácil. Declinaría Srebrenica para irme a Sarajevo, pensando, que eso sería lo mejor, juasjuasjuas.
Nervioso miré el cuentakilómetros, había recorrido unos treinta kilómetros en dos horas, el día se preveía largo y mojado. A partir de ahí seguí las indicaciones de Saragevo, pero al parecer Bosnia quería enseñarme su encanto con ríos. La carretera por donde iba, bordeaba otro río, bastante más pequeño que el Dyna pero más dañino. Varios trozos de mi carretera se convertían en un carril, el pequeñín se había comido un carril. Sin muchos más sobresaltos que los comentados, empecé a subir, y subir, y subir hasta que apareció la niebla. Ya solo quedaba el viento, que también hizo acto de presencia en algún momento.
Desconocía totalmente donde estaba, mi navegador rezaba en su pantalla “fuera de asfalto”, y cuando paraba en alguna gasolinera para pillar wifi ni el google maps sabía donde andaba. En una de las gasolineras, me invitaron a un café, como siempre, sorprendiendo al personal con su generosidad y hospitalidad, igualitos que nosotros.
Tiré, y tiré, y tiré hasta que vi un cartel que ponía algo similar a “Pistas de Sky”, otra vez afloraba mi ignorancia, como la de muchos. ¿Ah, pero Bosnia tiene pistas de Sky? ¡Carai! La temperatura rozaba los 10 grados, los guantes de verano empapados. Pero como todo en esta vida, con paciencia y una caña las cosas van saliendo, y poco a poco llegue a la mágica ciudad de Sarajevo. Ciudad, que se merece una entrada especial especifica para ella que intentaré bordar mañana.
Después de entrar por el este de la ciudad y gracias al plano que me había enviado por facebook Amela Memic, mi anfitriona en Sarajevo, llegué a su casa. En ella me recibió su padre y su madre, quién en un perfecto Español me dieron la bienvenida. Eran las dos de la tarde después de haber recorrido ciento treinta kilómetros en cerca de seis horas.
Una puerta roja con varios agujeros llama mi atención, se trata de la cochera donde la “gordita” dormirá estos días. Esos agujeros vuelven a gritarme, conozco su forma y su dirección, y delatan su intención asesina.
Me cuesta pero mi curiosidad supera cualquier tipo de vergüenza o prudencia.
Es la metralla de un mortero, delante de la cochera, en el asfalto, yacen sus marcas y su proyección.
Mañana aprovecharé el tiempo por Sarajevo, y si me sobra algo, escribiré una historia de vida que hacia mucho tiempo que buscaba. Por suerte, la vida me regala encuentros y momentos como el de hoy.
Gracias Amela.
Unas fotos para abrir boca…
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