El Abuelo de Aydin – Turquía

Turquía
Llevábamos unos cuantos kilómetros recorridos y estábamos a las puertas de la ciudad de Aydin, en Turquía. Roberto y yo seguíamos comentando los parajes visitados durante el día por los intercomunicadores mientras buscábamos tiempo para la reflexión ya que para el cachonde siempre había.
– Quiero un te. Alex, busca un chiringuito de estos de carretera que hagan te.
– Espera que me pongo en modo “looking”

En Turquía es habitual ver chiringuitos al lado de la carretera donde venden fruta, en alguno de ellos y en la zona centro sobretodo llamaban la atención por su columna de humo blanco, nada más y nada menos que un bidón con fuego y una gran tetera en la parte superior.

Pero la ley de Murphy se afianzaba en la zona mientras una tormenta nos amenazaba con lluvia, casi diluvio, y ni rastro de las columnas de humos ni de los chiringuitos con tetera.
– Nene, rien du rien, y nos vamos a mojar.
– Pues para en el primero que veas Alex, raro será que no tengan té.
El primero que pille resultó ser un chiringuito medio cubierto a la derecha de la carretera y después de haber cruzado una vía del tren. El emplazamiento contaba con una pequeña explanada para no más de diez coches y contenía una furgoneta reconvertida en bocatería, a su vera, un entoldado y varios taburetes y mesas de plástico rojo que recordaban la terraza de unos enanitos.
El chico que nos atendió no hablaba ni papa de ingles, no mucho menos que nosotros, así que por gestos y señales que necesitaron de varios minutos pudimos entender que no tenía te, aún así, nos ofreció media furgoneta incluyendo en ella otros brebajes, decantándonos al final por el típico yogurt bebible Roberto, y una Coke con pajita para el menda.
Sin quererlo ni conocer el motivo habíamos llamado la atención de un hombre de más de ochenta años que estaba sentado en la mesa que teníamos a nuestro lado, sus dos nietas, su hija y su yerno, lo acompañaban. El hombre me miraba a la espera de un inmenso bocata que posteriormente le traerían, Roberto había abandonado la mesa y andaba trasteando la moto.
Empecé a sentirme incomodo y no sabía donde mirar, la atención de ese abuelo era tan intensa que notaba su ser acariciándome la nuca, su cara, se mostraba castigada por los años y miles de factores me producían cierto respeto, casi miedo, no lo voy a negar.
Con un gesto lento y pausado ese hombre se levantó de la mesa dejando a sus nietas, hija y yerno sentados, estos, al unísono empezaron a recriminarle algo de forma verbal y muy expresiva. No tenía ni la más remota idea de que le estaban recriminando, no digo que no fuera con la intención de que no molestara a esos viajeros en moto, o que no se acercara a esos peligrosos viajeros, no lo sé, pero a mi me sonaba tan mal como mi creciente desconfianza hacia ese gesto.Ese abuelo, haciendo caso omiso a las peticiones familiares se plantaba delante mío, altivo, serio y con porte militar aguantó varios segundos antes de que uno le prestara la requerida atención. La verdad es que con mi metro noventa, sentado en ese pequeño taburete me sentía pequeño, muy pequeño, y el inquietante frio que recorría mi cuerpo desde los tobillos hasta la nuca no me ayudaba a crecer.
¿Tantos días de viaje y ahora íbamos a tener problemas con un abuelo?
Su pose y temple no me dejaban más opciones que enfrentarme a él, por lo que aun sentado levanté la cabeza y le miré, directo a los ojos, como siempre hago con alguien que no conozco y que de una forma u otra me intimida, en eso no titubeo, creo que es la mejor forma de saber a quien tienes delante o a que te enfrentas. Las miradas no engañan.
Una vez más y, contrariamente a mi primera impresión, esas miradas se cruzaron y se fundieron en algo que se podría calificar como “tierno”, provocando en ambos rostros unas sinceras sonrisas.¿Quién era ese mayor? ¿Qué quería o buscaba de mi? Me pregunté.
Sorprendiéndome una vez más y con un gesto rápido e infantil alargo su mano para situarla a escasos dos palmos de mi cara que aún seguía sentada y medio paralizada, a su lado, sentados a mi misma altura, su familia seguía recriminándole a tenor de sus gestos, se les veía preocupados e inquietos por la actitud del abuelo, comportamientos que me hacían dudar sobre si el abuelo era humano o un vampiro que se me iba a tirar al cuello para morderme y convertirme.
Me sobrepuse para intentar hacerme dueño de la situación y me levanté consciente de que mi metro noventa había arreglado en el pasado más de una situación hostil,  esta vez, sin embargo, me levantaba sin saber muy bien cual debía ser mi cometido. Mi mano, por libre y sin recibir ninguna orden de forma consciente se levantó como un resorte, respondiendo, seguro, a un acto reflejo y educado muy interiorizado. Mi dedos, iban hacia él sin que nada pudiera evitarlo, fundiéndose ambas manos en un fuerte lazo.Noté su fuerza, su dureza, su nobleza y su ternura mientras su mirada no se despegaba de la mía aun cuando ésta quería esconderse por algo que parecía superarme, en la suya, en esa intensa y hundida mirada se podía leer una vida marcada por el trabajo, el sacrifico, el sufrimiento, la lucha, o la guerra, o la enfermedad, o que se yo, pero su mirada era tan especial que me acongojaba.
Por tercera vez desde que ese hombre había iniciado su peregrinación hacia mi su familia le volvía a increpar y a recriminar su actitud, pero esa tercera vez él les prestó la justa atención para cambiarlo todo. Con un gesto lento pero enérgico de su mano izquierda y sin mirarlos ni mediar palabra los silenció, y con ese gesto me dejaba claro lo que fue en su día y yo desconocía, se mostraba seguro del mando o poder que en su día tenía y aun retenía.Abuelo,  mayor y hombre callado aun sobrado sabio como para vencer con un gesto a cien palabras.
Después de esa escueta orden y posterior silencio yo seguía con la mano atrapada en ese lazo, consciente de que nunca había sido dueño de esa situación más el silencio del abuelo se había apoderado del lance, del tempo, en sus manos estaba cuando me metió otro gol.- ¡MACEDONIO! ¡MACEDONIO! ¡MACEDONIO! empezó a gritar mientras se señalaba el pecho con su mano izquierda.
– ¡Ostia! ¡Ostia! ¡Ostia! El corazón me dio un vuelco difícil de explicar.
– ¡Joder con el abuelo! !La madre que lo parió el susto que me ha dado!. Pensé.
– Me tiene acojonado, a su antojo y lo sabe.El abuelo siguió con vocablos Turcos o Macedonios explicándome qué sé yo, sus ojos humedecían cierta emoción al ritmo que mi cara indicaba desconcierto, aún así, ya nada lo podía parar, seguía hablando, sonriendo y asistiendo con la cabeza convencido de que al final me haría entender algo.- !Robertoooooooo, vuelve coño! Pensé, porque mi boca era incapaz de soltar ningún vocablo.

– ¡Macedonio!, ¡macedonio!, ¡macedonio! volvió a repetir.
– Ya, ya, si eso lo he entendido a la primera. Pensé, de echo, solo podía pensar.
Por suerte apareció alguien que tampoco respondía a mi otro yo y sin dejarle decir el cuarto ¡Macedonio! tiró de él hacia mi hasta que lo abracé. Ese hombre silenció sus palabras mientras sus brazos rodearon mi espalda en un gesto que me hizo pensar en si nos habíamos conocido antes.¿En algún pasado cercano o remoto? ¿En otra vida?- Joder con mi memoria. Mira que no acordarme de mi pasada vida Macedonia.
Después de ese abrazo me volvió mirar mientras sus manos seguían en mis hombros, mi persona parecía un títere sin cuerdas, y como aquel que ha conseguido lo que buscaba me sonrió y se sentó en su mesa, muy cerca de mi, a un escaso metro. Cogió su enorme bocadillo y empezó a zampárselo como un adolescente, entre bocado y bocado, les explicaba algo a sus nietas que provocaba sus sonrisas y miradas.
Esa familia se levantó mientras nosotros seguíamos sentados, el objetivo ahora pasaba por Roberto, a quien ese abuelo le dio la mano varias veces, sin embargo, esta vez, las nietas y la hija consiguieron arrancarlo y llevárselo hacia el coche. Fueron varios segundos los que tardamos en hacer lo mismo, hacia las motos, cuando las reprimendas familiares volvieron a llamar nuestra atención, al levantar y girar la cabeza, vimos como ese abuelo andaba hacia nosotros una vez más.Aquel hombre, feliz por algo que nos era totalmente desconocido empezó a hacer el gesto de una foto con sus manos, creo recordar, que también decía foto, foto, foto al tiempo que nos señalaba. Sin pensármelo mucho saque la cámara ya guardada en el baúl y se la entregué a una de sus su nietas, quienes habían andado detrás de él en su arrebato. Ahora por entonces, las nietas, a la vera de su abuelo, sonreían de una forma relajada. También miré a su hija y a su yerno que esperaban expectantes junto a su Renault 12 familiar de color crema, éstos, asistiendo con la cabeza a la vez que sonreían parecían darnos las gracias por algo que no habíamos empezado.Y la nieta nos sacó varias fotos.
Mientras su nieta me devolvía la cámara le dije que se apuntara las páginas webs, en un primer intento esa chica intentó escribir www.viajoenmoto.comwww.alexviajaenmoto.com en su teléfono, pero algo había que se lo hacia muy difícil, Roberto, por ágil,  le indicó que le hiciera una foto a la camisa donde salían las páginas webs y los logos de nuestros colaboradores, seguí, como pude, explicándole que colgaríamos las fotos de su abuelo aquí.
Desde que he vuelto de Turquía, día tras día, en las estadísticas del blog, veo que consultan la página muchos Turcos, imagino, que pasará lo mismo en la web de Roberto Naveiras. Y se a ciencia cierta que todas esas visitas pertenecen a aquellos que nos brindaron unos minutos de sus vidas para transmitirnos miles de sensaciones y emociones, personas especiales que pierden unos minutos de sus vidas para dedicárselas a otros altruistamente y sin ningún interés más que el conocer y enriquecerse.Así que esta entrada, va por ti, abuelo.
“Olvidaré las casas de la Capadoccia o las piedras de Éfeso antes de olvidar el cariño que nos transmitió… El Abuelo de Aydin”
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