El suicidio

Uno anda buscando patrocinios y financiarse como puede un viaje y el casco decide suicidarse. Y no hablamos de un casco cualquiera, hablamos de un pata negra, caro no, carísimo, aunque su protección bien lo merece, demostrado está.
Pero a quien le mandaba al susodicho saltar de esa forma. ¿Acaso le traté mal? Lo he llevado por media Europa, algo de África y Asia, siempre le dispensé cariño, enfundándolo cada noche en su manta o metiéndomelo conmigo en la tienda de campaña para que durmiera calentito. Ni un rasguño, ni un golpe, siempre con sus pegatinas, vistosas y llamativas.

En su día le elegí una decoración especial, no era ni el blanco brillante, ni el negro mate, que va, él era el blanco especial con ribetes oscuros y su nombre grabado a fuego.

Salíamos de Graphicpoint de Reus de buscar las últimas pegatinas de nuestro último viaje, andábamos por la ciudad, sin prisas, mirando todo aquello que nos envolvía y nos llamaba la atención. Mi otro yo acostumbraba a hablar mucho con él, y yo también. ¡Nenes! ¡Fijaros en esa rubia! Eso es una minifalda con escote… Atención morenaza a las nueve, andares tiene la niña. ¡Chavales que os perdéis la de la esquina! – ¡Si lleva bolso es puta! Y nos reíamos los tres…

Todo iba como siempre, calle por aquí, calle por allá, gilipollas que se cruza por aquí. Con la mentonera abierta, como a mi me gusta. Con este casco descubrí que hay dos tipos de vida, la integral, y la modular con mentonera abierta, sí, seré un clásico, pero a mi me gusta sentir esa sensación de antaño, como cuando íbamos sin cascos y el aire acariciaba tu cara como la mejor madre del mundo.
Calle, rotonda, autovía, recta y mi otro yo le mandaba el aviso…
– Ojo que Alex enrosca.
Acabábamos de dar una de las rotondas más bonitas de la zona, peraltada, noble, de esas que te permite lucir toda la estampa de piloto, moto y casco mientras el sol de tarde golpea por la derecha, tu sombra esterilizada se refleja en el asfalto. Seguida a la rotonda enlazábamos la contra curva de memoria con el procedente cambio de caderas y cuerpo, ahí siempre había que acompañar con el cuerpo, con una suavidad extrema obligada por el blanco del paso de peatones que muy tumbado lo requiere.
Dos tramites, y la recta, una gran recta que muchos aprovechamos para enroscar, invita a ello. Tercera a fondo, cuarta a fondo y no dio tiempo para más gas. Recuerdo que en el intercomunicafor sonaba “El Divo” “Unbreak my heart – Regresa a mi como preludio de lo que iba a pasar.
Sentí como El Divo se alejaba de mi, mi corta melena, de la que hay que decir que ya es hora de cortarla porque parezco un mendigo, empezó a sentir el aire de una forma más natural y inusual. Mis ojos, se abrían como dibujos animados a la vez que buscaban el retrovisor, y ahí estaba él, rebotando en el suelo una y otra clavándome un puñal en cada rebote.
Me alejaba de él sin poder hacer nada para evitarlo mientras rodaba en el asfalto como una pelota de futbol esquivándose como mejor sabía el blanco de las líneas discontinuas.
Mi otro yo, avispado él, me puntualizó…
– Nene, que se nos ha tirado el casco, nos ha abandonado, finito, caput, date cuenta que vas a cien por hora y sin casco por la autovía melón. ¡Sa matao Paco nene!. Neeeeennnnnn, que el casco ha volado, que se ha ido, que se ha suicidado.
A unos cien metros, lo necesario para parar a la gordita a esa velocidad, me baje y me giré con ojos tristes y corazón roto, algo pizcueto como diría alguien que yo sé. Aún cabía en mi una miga de esperanza hasta que lo vi acercándose encastrado entre el cárter de un BMW X5 y el negro y abrasivo asfalto, mantenía su integridad y entereza aún con el “rajjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj” provocado por su fricción contra el suelo.
No sabía que hacer, estaba bloqueado. Mi amigo, mi protección, mi compañero en lluvia, frio, nieve, sol y aire estaba sufriendo algo que sería incurable, lo sabía, y fruto de ello empecé a correr por el arcén mientras la conductora del flamante BMW aflojaba la velocidad consciente de que había atropellado algo blanco y redondo.
Mientras corría hacia ella le grité una y otra vez… ¡Para! ¡Para! ¡Paraté coñoooooooooooooo!
Pero la que ya quedaba bautizada como la rubia de la esquina con bolso no paraba, siguió arrastrándolo, y arrastrándolo, y arrastrándolo hasta llegar a mi posición, donde frenó porqué desolado me tiré al suelo. Inconsciente y ajeno al riesgo que corría me metí debajo de ese mastodonte, me miraba impasible, cual fiera aun con sangre en la boca te ofrece a su víctima ya sin aliento.
Lo saqué de ahí mirándomelo, buscando los daños que sin duda serían irreparables, a primera vista, había perdido sus aviónicas gafas de sol mientras mostraba heridas en todos sus flancos, sus lentes se mostraban ralladas y maltrechas, el intercomunicador pegado a él, seguía tocando asustado los acordes del Unbreak my heart.
El lamento no sirve de nada, y ahora, solo cabe la opción de que Schuberth sea benévolo conmigo y me haga un compañero nuevo…
Este, a lo mejor lo veréis rondando por Salou ocasionalmente, fruto del espectro en el que se ha convertido y recordando quien y donde llegó.
Compárteme...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *