La abejas y los moteros nunca fuimos amigos.

Moteros
Sí. Como lo oís. No sé a vosotros pero a mi las abejas me han costado varios disgustos.
Recuerdo allá por 1991. En esa época hacía la campaña de verano en la Empresa Starlux, en Montornes del Valles (Barcelona). Un día cualquiera a las 06 o 07 de la mañana andaba con mi Yamaha TZR80 dirección a la fábrica. Creo que iría por la carretera de Martorelles a Montornes, no me apretéis que no recuerdo que comí ayer.

Tiroriroriroriroraaaaa, nanananananananananaaaaa… Sí. Cantando. Os pongo esa canción porque tampoco recuerdo lo que cantaba en ese momento, pero seguro que algo cantaría pues siempre canto en la moto. Es como cuando me doy una ducha, o dos, canto. Que buenas las duchas. Mal, pero canto.
Iba mirando la carretera, lógico. Y los árboles, los pájaros, los coches que venían y iban, cuando de pronto apareció una abeja en la visera de mi casco integral. En la época, éste era un Shoei réplica Wayne Rainey, no uno cualquiera, el mío era una edición especial blanco/azul/rosa fucsia en lugar del clásico blanco/negro/rojo.
Uno como este.
Yo siempre he sido de Yamaha, la verdad. Cuando Rainey tuvo el accidente que le dejó postrado en una silla de ruedas la gente me decía que me lo vendiera o lo cambiara por superstición. Llevé ese casco en honor a Rainey hasta el año 2004 cuando me lo cambié por otro. Sí. A veces suelo hacer lo contrario a lo que la gente haría, soy así.
¿Por donde iba? A sí. Por la abeja que apareció en mi visera. Ella, como la Abeja Maya, iba paseándose por la parte derecha superior de mi visera, creo que me llegó a picar el ojo. Seguramente iría cantando su linda canción en su búsqueda primaveral de polen. Mi primer pensamiento fue, ya se irá. Y el segundo fue mirar el velocímetro, 80 km/h. Ves que bien, yo a 80 km/h y ella andando y cantando por mi visera. Que linda es la vida.
Eran las 07… ¡Uno va dormido y es algo despistado!.
Mi otro yo tuvo que ser él que se dio cuenta de que algo no “cuadraba”. Volví a mirar el velocímetro, me la miré a ella, miré de nuevo el velocímetro, y la volví a mirar a ella. Esta segunda vez cambié de automático a manual. Pasé mi manoguante por el exterior de la visera para expulsarla. Y por más que lo intentaba no daba con ella. Estas tonto Alex, dije, llevas guante y no te puede picar. ¡Dale ya!
¡Que jodía la tía! ¡No se asusta!
Mi otro yo, el listo, me hizo aplicar el modo “eyeszomm”. Tuuuuuuuuuu, suuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuu, suuuuuuuuuu. Mis ojos hicieron el efecto propio de cualquier cámara de fotos cuando enfoca, adelante y atrás, adelante y atrás.
¡Danger! ¡Warning! ¡Alert! ¡Alarm! !Pass to Defcon 2, 3, 4… ¡Defcon 5! ¡Defcon 5! ¡Piiiiiiiiii, piiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiii!. !uouououououo, uouououououou! ¡Meeeeeeeeeeec, meeeeeeeeeeeeec, meeeeeeeeeeeeec!
Sí. A esa abejita no se le movía ni un ala. Tampoco se despeinaba por el aire que supuestamente le debería estar dando en toda la jeta a 80 km/h. O era una “spiderabeja” o montaba crampones. Sus patitas no deberían aguantar la presión del aire a esa velocidad.
¡ESTABA DENTRO DEL CASCO JODER!
Pensar eso en décimas de segundo no es fácil. Y si queréis un consejo ante estas situaciones, mantener la calma. Juasjuasjuas. Mantenerla, sí, como yo hice.
A mi derecha apareció un descampado de tierra. Creo que fue una de mis primeras experiencias más desagradables en off-road. Me metí de lleno a unos 60 km/h. Intentaba frenar la moto hasta con el culo. Mis dos pies arrastraban por el suelo en modo “ancla”. Siempre con un ojo en la carretera y el otro en la abejita, no soy bizco, pero os aseguro que en esas situaciones agudizas los órganos.
No os creeríais de lo que son capaces de hacer nuestros ojos en situaciones límite, los míos han llegado a mirar por el cogote.
Como no había forma de frenar la moto por culpa de mis motivadas prisas. Pise la maneta del delantero a fondo para que me derrapará la rueda y irme al suelo lo antes posible. Creo que eso no llegó a pasar y salté antes, no lo recuerdo bien. Lo que si recuerdo es el revolcón que me pegué. Varios arañazos en el carenado, la bola de la maneta rota, vamos, lo de siempre.
Me levanté y me saqué los guantes de una sola sacudida de brazos. Parecía un abuelito con Parkinson intentándome desabrochar el casco. ¡Joder! ¡Va, va, va! ¡Ábrete, ábrete, ábrete! ¡Ya, ya, ya!. ¡Si, si, si, siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
En situaciones límite uno se saca el casco con esos vocablos, no penséis mal. También me pasa cuando me estoy meando.
Me saqué el casco con tal fuerza que casi me arranco la cabeza. Seguido vinieron los movimientos típicos y tópicos de cuando te dicen que tienes una araña en la cabeza.
Miré el casco por dentro… Y …
Allí estaba ella. Quieta. Inmóvil. Desnuda. Agotada después de tanta locura y lujuria. Su piel dibujaba amarillo y negro. Sin apenas pecho, cinturita de avispa y un culito muy sugerente. Reposaba en la parte de la mentonera como si de la cama de un hotel se tratara. Lo siento le dije. Pero nos tenemos que despedir.
Mi vida no pega con tu miel, menos aún con tu picada.
Durante estos años en moto han habido más abejas, muchas más. Algunas han conseguido picarme en las espalda o en el cuello. Otras se han chafado en los carenados o radiadores de las motos que he conducido.
Siempre, siempre recordaré a la Abeja Maya de Montornés.
Será porqué fue mi primera vez?
Bye, bye habibis.
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6 pensamientos en “La abejas y los moteros nunca fuimos amigos.”

  1. en idéntica situación me vi yo, avispa en la visera, dentro del casco…solo que yo fui a parar la moto justo a la entrada de una gran finca. Parado ya y antes de quitarme el casco se me ocurre mirar hacia la finca y me veo las puertas abiertas y 3 dobelman corriendo hacia mi…imaginaros el dilema, o avispa o perros… no sabia que mi moto podía salir de aquella manera, !que salida!. Pare unos metros mas adelante, me quite el casco con una precisión propia de un cirujano y me quite la avispa.

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