kosovo

La sonrisa de la niña Bosnia

Unas sonrisa, una frase, una imagen, un gesto. A veces hay detalles que se graban en nuestra corteza idolatrada para toda la vida. Hoy, mientras tomaba el café matutino y justo antes de ir a andar me venía la imagen de la sonrisa de la niña Bosnia.

Recuerdo que llevaba todo el día encima de la moto en una maratoniana jornada que me había llevado desde Pristina en Kosovo hasta Vukovar Croacia, cruzando en la hazaña toda Serbia por Belgrado. A primera hora de la tarde entraba en Bosnia por la maltrecha frontera de Orasje, azotada una semana antes por las inundaciones del Río Sava y que se presentaba excesivamente militarizada ante una temible peste de origen animal. Tras rociarnos a la gordita y a mi con un producto desinfectante paraba en la primera gasolinera para imitar el gesto con agua sobre mi nuca.

Las sensaciones y las experiencias vividas durante la jornada se habían sucedido sin descanso, sin tiempo a vivirlas, analizarlas o saborearlas. En los próximos minutos un adelantamiento entre dos camiones iba a llevarme a la cuneta sin percance alguno, y que más daba ya, agotado conducía como mejor sabía o podía. Abría gas a la vez que me encomendaba a mis ángeles custodios para que todo siguiera, rodando.

A primera hora de la tarde y bajo rachas de intensa lluvia llegaba a Gokakovici. El navegador no me funcionaba y el cirílico de los carteles provocaba un sobreesfuerzo en mi mente para descifrar la localidad en la que estaba. Llegué a pensar que fijándome mucho aprendería el idioma en apenas dos minutos. Andaba perdido por Bosnia, uno de los países que me abocaba más respeto en mi subconsciente, respeto o miedo.

Paré a la entrada de la población después de un semáforo y al lado de un parque con grandes arboles. Recuerdo varios carteles con direcciones opuestas mientras buscaba el vocablo Tuzla escrito de cualquier forma que me recordara al vocablo Tuzla. Ante mi se presentaba un cruce de caminos o eso me pareció, no me aclaraba. Mi brújula mental andaba perdida entre las montañas incapaz de fijar el norte, cansada, vaga y desorientada.

Un bosnio, otro bosnio, uno más, dos por detrás. La gordita se rodeó de Bosnios al auxilio del pobre loco de la moto que andaba perdido. Nadie hablaba inglés, yo tampoco, ni francés. Las manos y las miradas servían para comunicarnos a la captura de algo que si bien debía ser relativamente fácil se convertía en una de las tareas más arduas del día, saber que dirección tomar.

Más certero que intuitivo acabé cogiendo la dirección que me llevaría a rebasar la población sin criterio alguno, antes de abandonarla, se me antojo parar una vez más a la entrada de una gasolinera, no me digáis el porque.

Al rato algo toco mi pierna y mantuve la calma. Desconocía de que animal podía tratarse, la altura, invitaba a perro o gato. Lentamente y con la mentonera abierta giré la cabeza en oblicuo hacía el inicio del gesto. Una rubita de apenas cinco años miraba asustada a la espera de que mi reacción seria y seca hasta ese momento cambiara.

Entonces la niña Bosnia sonrió…

Sonrió de tal forma que arranco la mejor de las mías, y en segundos movía enérgicamente la mano que había liberado de su madre quien a su vez la apartaba de mi prudentemente para que no molestara. De nada sirvió mi lento, parco e inefectivo “Would you like to get on the bike?”.

¿Acaso no había aprendido apenas unos minutos antes de nada me habían servido los vocablos por esos lares?

Sus ojos azules se alejaban de mi, esa sonrisa diminuta se difuminaba a escasos tres metros mientras su madre la estiraba tímidamente invitándola a andar. Un gesto valió, un acto espontáneo e independiente de mi mano derecha golpeó el depósito de la gasolina en su parte superior mientras que mis brazos se extendían hacia esa princesa. La niña Bosnia utilizó sus dos manos para tirar con fuerza del brazo de su madre quien a su vez se giraba alertada. Me miró y vio mis brazos abiertos antes de soltar a la niña que no dudó en correr hacia mi.

Se paró a mis pies, la cogí y la subí en lo alto del depósito mientras que ambas piernecitas colgaban por un lateral. No había más espacio en la moto para invitadas de honor. La segunda sonrisa fue si cabe más sincera que la primera, alternándola con su madre, quien atenta miraba la estampa asistiendo con la cabeza en prueba de conformidad.

No andaba yo para fotos, ni videos, sabía que no eran bienvenidos en según que lugares. Ahora me arrepiento de ni siquiera haberlo propuesto o intentado, por contra y suerte, mi corteza grabó esa sonrisa hasta estas palabras.

La despedida para nada fue cruel. Ella se bajo de la moto abalanzándose a los brazos de su progenitora sin perder la sonrisa. Volvió su mirada y seguía sonriendo. No cesaba en su forma de transmitir.

Arranqué la moto y me dispuse a rodar mientras ellas rebosaban el alcance de mi retrovisor. A medida que me alejaba poco a poco entraban en él de forma mágica, mostrándome, ese tesoro, su mano al cielo. No vi en su gesto vacile alguno, no dudaba.

Su gesto provocaba una vez más y contra pronóstico que detuviera la moto para girarme y devolverle el saludo con mi mano. De la sonrisa pasamos al salto mientras miraba a su madre y gritaba algo que nunca llegué a entender.

Esa sonrisa, ese gesto, ese momento, me hizo recordar porque me gustan tanto las personas que hacen lo que nadie hace, que transmiten lo que nadie transmite, que reaccionan cuando otros no saben que hacer y que muestran su interior como la mejor carta de presentación.

En estos últimos meses esa misma sonrisa la he visto reflejada en amigos, conocidos y hasta en desconocidos. Un gesto, una imagen, una frase o una sonrisa que deberían valer para saber elegir entre quien debe y quien no debe estar o seguir a nuestro lado.

Dedicado a todos aquellos que de una forma sabéis transmitir emociones, especialmente, sonrisas… 😉

Compárteme...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *