Navegando en moto.

Navegando

Con el tiempo uno aprende que no debe hacer ciertas cosas, y en moto, aprender eso es sinónimo de ahorrarse problemas, sustos y más de un dolor de cabeza.

Corría el año 2012 cuando un día de marzo decidí bajarme al Delta del Ebro para rodar por sus pistas y carreteras. La GS tenía un año y ya me proporcionaba toda la simbiosis piloto/moto que se requiere para andar seguro. Cuando uno compra una GS, o a mi me pasó, comete el error de creerse que tiene un tanque bajo sus piernas. Tienes la convicción de que te metas por donde te metas ella te sacará de
ahí, da igual el sitio o la complicación del mismo, el tanque GS te sacará.Hacía días que había hablado con un amigo de la zona y me había explicado como llegar hasta la “Platja de la Marquesa”. De allí sale la pista de arena que te conduce entre dunas hasta el faro. Mi nueva GS me pedía hacer pistas, mi GS, o mi cabeza, siempre inquieta y soñante. La cuestión es que no tenía con quien ir a esa pequeña aventura, todos los amigos andaban en moto de carretera, así que la decisión no podía ser otra, debía ir solo.

Mi experiencia offroad se remontaba a unos cuantos años atrás. Cuando con once años andaba con una Derbi Variant por las calles sin asfaltar de la Urbanización Can Mir, en Rubí, Barcelona. El córner del campo de futbol hacía a la vez la función de trampolín al más puro estilo freestyle. Más de un chasis y amortiguador se quedó en ese salto.

En poco más de una hora me planté en la zona, y después de perderme y liarme por esos lares por fin encontré la pista que me condujo hasta la Platja de la Marquesa. El sitio es reconocible fácilmente porque la carretera termina en el mar. A la izquierda hay un restaurante, Los Vascos, y a la derecha una pista que va bordeando una playa. Mi ruta debía seguir por detrás del restaurante, a la izquierda, entre éste y el mar a mano derecha.

Cuando uno consulta en Google Maps la zona, como yo hice, encuentra que la pista por donde ha de continuar hasta la Punta del Fangar es esta. A priori, una pista fácil. Pero el mar es muy caprichoso…

Pero ese día, al llegar a la zona. Con un día frío, ventado y con el mar algo enfurismado. Me encontré con esta estampa. Lo veo algo cambiado, pensé.

Bueno. Me dije. Ya estamos aquí Alex. Ostia. ¿Estas seguro que esta es la pista para ir a la punta del fangar?. Me pregunté. Sí, ha de ser esta, aunque la que consulte en google la recuerdo algo más arregladita.

Recuerdo que era un día entre semana, hice una mirada de 360º y ahí no había ni un alma. Nadie, estaba completamente solo. La zona acojonaba un poco porque a tu derecha tienes la grandeza del mar y lo ves muy cerca, demasiado, hasta el punto de que el viento levantaba parte de sus olas contra la visera del casco.

Cuando en su día decidimos ir a vivir a Salou me aficioné a la pesca. Con caña llegue a competir en los campeonatos provinciales, catalanes y españoles (Llegué a ser sub-campeón de España por equipos, jejejeje). En verano nos pasábamos el día en el agua, saltando de las rocas o buceando en amnea. Más adelante empecé a salir con la barca de un pescador. Conozco el mar muy bien, tanto como admiración y respeto le tengo. Y ese día, el mar, estaba para no andar cerca de él.

La GS soltó embrague y nos tiramos hacia esa pista rocosa. Los brazos se me flexionaban una y otra vez mientras la rueda delantera golpeaba las pequeñas rocas. La suspensión delantera y trasera trabajaban a destajo. Y mis pies también.

Llegué al final de ese tramo pedregoso y me encontré con una cala o playa. Sí, la pista pedregosa terminaba a escasos doscientos metros de la primera foto. Una playa en forma semicircular me alertaba que el mar enfurecido había mordido esa zona. No había pista, ni camino, ni siquiera marcas de roderas. Mi mirada se perdía en el horizonte hasta detectar el Faro, al fondo. A unos tres o cuatro kilómetros. Ese era mi objetivo. Solo habían dos opciones, dar media vuelta y abandonar la toma del faro, o tirarme a la playa para salvar esos trescientos metros con la esperanza de encontrar la pista más adelante. Para variar tomé decisión errónea.

Allá que vamos. Primera, segunda, un poco de gas y la GS tomó contacto con la arena de la playa. Iba pegado al agua sabedor que la arena estaría más dura. La GS cabeceaba mucho en su parte delantera mientras que notaba que la rueda trasera no traccionaba correctamente. Empecé a picar embrague para poder avanzar pero la moto no andaba, la GS, el tanque, la salvación, se estaba quedando hundida en una playa del Delta del Ebro. Había recorrido unos doscientos metros cuando decidí parar.

Las olas del mar rompían a escasos diez metros de mi pie. La espuma llegaba a mojármelos de una forma sutil, recordándome que la tercera ola, la María, podía subir algunos centímetros más. El ruido del mar era ensordecedor, ruido, que por suerte me era familiar y no me inquietaba demasiado. Por allí no podía seguir, y de haberlo hecho, tampoco tenía claro que me iba a encontrar detrás de esa playa. Así que decidí dar media vuelta.

Puse primera y solté embrague. La moto no se movió. Me quedé sin asiento y baje unos treinta centímetros mi visión normal. ¡Mierda! Se me ha hundido la rueda trasera. ¡Mierda! ¡Mierda, mierda, mierda! Gritaba una y otra vez dentro del casco. ¡Eres gilipollas! ¡Subnormal! ¡Quien coño te manda meterte en una playa del Delta del Ebro solo! ¡Parece mentira Alex, joder, lo sabias. Y aún así te metes! ¡Que cojones tienes Alex! ¡La moto es nueva, y tu a la playa! ¿No puedes hacer como todo el mundo, no? ¿Rutear de fin de semana y punto? ¡No, claro, tu tienes que venir y joderla!

Bueno, frases y conversaciones que todos hemos llegado a tener algún día.

Llegó la tercera ola, mejor dicho, su espuma. Ésta golpeo mi pie con mas virulencia, el aviso se había convertido en agresión. El mar siempre avisa. Sus indicadores son inconfundibles, te dicen que no está para juegos, que lo dejes para otro día, que vuelvas a casa. No quiere hacerte daño pero si juegas con él cuando no quiere, te lo hará. En el mar no hay margen de error. En el puerto de Salou aprendí que si las cuerdas pican los mástiles no se sale. Aprendí en alta mar lo que es Garbi, Llevant, Terral y Marina. Aprendí lo que es una deriva sin motor contra las rocas, aprendí lo que es una red atada en la élice…

Aprendí que la vida te da oportunidades, y que hay que aprovecharlas, en su momento, en su lugar, en su tempo hay que reaccionar, calmado o no, pero siempre hay que reaccionar.

Ahí estaba, en medio de una playa, solo, sin nadie que me pudiera ayudar, y con la rueda trasera de la moto medio hundida en la arena. No podía bajarme de ella porque el caballete se hundía como un cuchillo en la matequilla, no sabía que hacer. Mis piernas temblaban, estaba nervioso, si, tenía miedo. Después de gritarme y faltarme otras tantas veces me serené. – Vale Alex, tranquilo, piensa.

Mi situación hundida en medio de la playa me escondía de la visión de la pista principal. Si hubiera pasado alguien no me hubiera visto a no ser que entrara en el pedregal, algo que se me antojaba poco factible en esas condiciones.

– Y si llamo a la asistencia? Joder, y que les digo. Que estoy embarrancado en medio de una playa del Delta del Ebro por gilipollas. Se van a descojonar de mi, o me enviaran a la mierda, y no les faltará razón.

A todo esto la espuma golpeando mi bota me apresuraba, entre espitoso y nervioso andaba el juego. Encaré la moto a montaña. Como es lógico había cierta inclinación propia de una playa creada a base de arañar y arrancar su arena una y otra vez con cada ola. El mar la había moldeado a su antojo, no le gustaba esa pista y decidió cogerse lo que suyo es. Solté embrague y me ayudé con los pies, pero la moto se hundió mas aún. – ¡Me cago en todo lo que se menea! ¡Puta vida la mía! ¡Inútil! Los improperios volvían a hacer acto de presencia. No aportaban ninguna solución pero me aliviaban.

Conocía los tipos de arena, suelta y seca en pleno agosto, húmeda en los días de invierno, siempre compactada y dura en la orilla copiada de agua. Se me había pasado por la cabeza pero era una locura, la GS tenía un año, miles de euros podían hundirse en el mar. Miré al mar, la olas, lo conozco, las conozco, la forma que tenían de romper y como el agua corría hasta la orilla me indicaban que no había escalón. Me decían que debajo de ese palmo de agua el suelo era uniforme, sin sorpresas, llano. Alex, nos conoces, confía en nosotros.

Encaré el manillar hacia el mar, recuerdo esa sensación, la imagen, era inmensa y a la vez estaba acojonado. Probé de tirar la moto hacia la bajada, hacia el agua. Notaba como la GS quería levantarse, quería soltarse y salir de ese agujero como un perro mal atado. El radio de giro no me permitiría pisar en seco, si hacía esa maniobra me metería de lleno en el agua, en el mar. ¿Acaso tenía otra opción? Mi cabeza me había metido en esa situación, ella debía sacarme de allí.

El mar me invitaba, ella quería, solo quedaba mi decisión.

No quería que la rueda trasera se hundiera más. Me puse de pie y me amarre bien en la arena. Centré el cuerpo, el peso y la fuerza de mis brazos en el manillar. Debía ser algo parecido a un golpe, a un empujón, seco, sin titubeos. Metí primera. Al gesto de soltar embrague le añadí todas mis fuerzas, bien, sí, sí, vamos, vamos- Salí de ese agujero y el olor a sal penetro en mi olfato.

Mi situación había mejorado por un lado a la vez que empeoraba por otro. La rueda delantera quedaba cubierta por un palmo de agua que iba y venia según la ola. El radio de giro debía ser amplio so pena de clavar la rueda delantera en la maniobra y irme al suelo. Antes de girar debía coger algo de velocidad. Metí primera, empuje con los pies y empecé a rodar. Mi dirección era como la de cualquier bañista en verano, ahora me mojo los pies, los tobillos. ¡Coño que me entra agua en la bota! ¡Hay que girar ya!

Con mucha suavidad giré consiguiendo situar la moto perpendicular al mar pero dentro de él. La rueda trasera traccionaba a la perfección. Segunda, tercera, dale gas Manolete. ¡Yuhuuuuuuuuuuuuu!

La rueda delantera rompía las aguas como la proa de cualquier barco. Inconciencia, temeridad, supervivencia, seguridad en uno mismo… Parecía que había izado la vela de un catamarán, un optimist o un windsurf. Conocidos míos. El navegar en vela te enseña mucho en la vida. Seguramente diréis que tonto es. Pero no, te enseña a aprovechar lo que la naturaleza te da en el momento óptimo. Te enseña a conocerla, a aprovecharla, a no jugar con ella, a limitarte a conseguir tu objetivo sin forzar. Quien fuerza rompe y se queda sin nada. Conocía esa sensación, me era familiar.

Estaba navegando con la GS en mi amado mar.

Llegaba el final de la playa y debía retomar la senda de la arena seca para conseguir subir al pedregal. Ya nada me daba miedo, o sí. A lo mejor andaba bien gracias al terror que sentía detrás de mi, el mar gritándome y avisándome. Sabía que no podía pararme otra vez. Me lancé a la arena, la GS volvió a hundirse, a cabecear, pero esta vez la velocidad que ya había comprado me subió a lo alto del pedregal. Y ese último tramo lo pase algo poseído, tanto, que casi me voy al suelo. Llegué a una pequeña explanada, la que hay en frente del restaurante, pare rápido, baje más… ¡Tomaaaaaaaaa! ¡Toma! ¡Toma!¡Toma! ¡Jajajajajajaja! ¡Yuhuuuuuuuuuuu! ¡Uffffffff!

Me fumé un cigarrillo y me tranquilicé. Las ganas de GS y arena casi se habían esfumado. Pero las ganas podían más, y mis límites también. Así que anduve por un pista de arena que corría al lado de la playa, una playa de dunas moldeadas por el viento.

¿Conocéis el Delta de l’Ebre?
Justo al pasar la frontera entre Castellón y Cataluña, dirección norte, a nuestra derecha, encontraremos un pueblo pescador con casitas blancas que se llama Les Cases d’Alcanar. Si conseguimos mirar un poco más allá, que no siempre es fácil, veremos una manga de arena. Eso es la Punta de la Banya, la parte sud del segundo humedal más grande de España.
Como veréis, tanto la Punta de la Banya como la Punta del Fangar imitan a la perfección dos brazos que acunan un remanso de agua salada y dulce del enfurecido mar. Un entramado de lagunas con carrizales y juncares que cumplen a la perfección su función protectora y alimentaria de las miles de aves y peces que anidan en ellos.
Permitirme solo un inciso reivindicativo. El “robo” de agua del Río Ebro unido al cambio climático está haciendo estragos en este parque natural. Deberíamos luchar para mantener este espacio intacto para disfrute de nuestros hijos y nietos. Ningún Campo de Golf, hidroeléctrica o huerta deberían estar por encima de un bien común.
El Delta de l’Ebre es un lugar idílico para perderse con los niños, en bici, andando, a caballo, en moto, incluso en coche. En él encontraremos historia, paz y naturaleza. Miradores y refugios de madera que situados estratégicamente en lagunas, ribas, y salares nos permitirán observar el rico ecosistema de la zona.
Zona de mejilloneras – Bassa de l’Estella
Bassa de l’Estella
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4 pensamientos en “Navegando en moto.”

  1. Interesante relato. Como mola complicarse la vida con la Gs. Siempre me han dicho “no la metas donde no la puedas sacar”, y aún así acabo maldiciendo malas decisiones, jaja. Como me pareció en Motomadrid, esa moto tenía historias que contar! 😉

    1. Jajajaja… Me gusta ese “no la metas donde no la puedas sacar”, gran frase aplicada a muchos aspectos de la vida… jajaja.

      Lástima que en Madrid no nos conocieramos, a ver si nos vuelven a invitar a Moto Madrid 2015.

      V’sss y gracias por leerme.

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