TSM8 – Las chicas del ferry

Son las once y estoy embarcado en el ferry de Civitavecchia a Barcelona, a mi lado una Birra Moretti de medio me acompaña. Antes, en la cena improvisada de la intimidad proporcionada por mi camarote compartido, ya había caído un cuarto de la botella de vino de la Toscana que había comprado para la ocasión, para cenar, una ensalada caliente de arroz (por la solana) y un poco de parmesano sudao.
A mi otro lado, cientos de jóvenes en viaje de fin de curso, Españoles, Italianos y Croatas que van y vuelven. Aun recuerdo mi viaje de fin de curso, fue en Madrid, teníamos dos opciones, Roma o Madrid, y la mayoría quiso ir a Madrid, mis creencias ideológicas de la época hicieron que yo no fuera. ¡Gilipollas fui!
Acabo de subir en el ascensor con un gordo y un seboso, y perdónenme los obesos por no nombrarlos, no tengo nada contra ustedes, pero si contra el aseo personal. Al abrirse el ascensor, en la planta ocho, se han bajado seis chiquillas y un pícaro y yo me he metido de lleno en la boca de un pozo ácido. Dos camioneros y su rastro lo impregnaban todo, yo, llevaba cuatro días sin ducharme, iba en moto, y lo primero que he hecho al subir ha sido asearme.

¿Qué coño habéis hecho vosotros? ¡Cerdos!

En la nueve bajan del aparato, pero errados, vuelven a él, y otra vez pruebo esa acidez como si de una broma culinaria se tratara. Una más y se piran, es la diez, en la once agradezco una bocanada de aire fresco que entra en mi garganta como una cerveza bien fría. Las seis chiquillas y el pícaro me hubieran podido avisar, los veo subir por las escaleras, me miran, y nos reímos con complicidad.

Me siento en la terraza de la once, delante de la piscina. Me acompaña una rubia calentona de lujuriosas formas, otra Moretti. La terraza, parece el patio de cualquier instituto de eso. Un chaval de no más de dieciséis años me mira, mira los logos y las webs de la camisa. Yo también lo miro, miro algo que tiene pegado en la cabeza, es un sonotone ligado a un cable que va a otro artilugio que e pega en su cabeza. Mi otro yo me recuerda lo diferente que es la vida para cada unos de nosotros desde muy pequeños, cada vivencia, cada acción u omisión, cada problema o solución marcaran nuestro destino.

Obervo a toda esa chiquillería, a todos y a todas, los repaso y estudio desde el anonimato de mi silla y mesa. Están deseosos de alcohol y ociosos de fiesta, algunas más que otras, es curioso, me xa la impresión de que a ess edades, a ellos se les nota menos.

Me pregunto dónde estará el ladrón, quien será el drogadicto, cual será la más señora de todas las putas y la más puta de todas las señoras, quien matará a su mujer o quien maltratará a sus hijos. ¿Y el alcohólico de turno? También veo en ellos a camioneros, azafatas, doctores, ingenieros, policías, bomberos, abogados, algún viajo motero, y más de uno que catará todos los vicios, y, o, placeres de la vida… 

La discoteca está a reventar y el exterior parece la plaza de cualquier ciudad Española, botellón a doquier. Los chavales ya no me parecen tan jóvenes, las chavalas, ataviadas con minifaldas, vestidos de noche y tejanos recortados que muestran los mofletes de su cara más trasera y canalla llevan locos a camioneros, camareros y más de un engalonado marinero.

Me tomo un gintonic, y cae el segundo, con él, me salgo a fumar un cigarrillo, y allí estaba Kiki.

Continuará…

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