TSM9 – Los drivers del ferry

Después de escribir cuatro apuntes en el notebook, en la cubierta once del ferry, baje al camarote con la clara intención de irme a dormir. Al llegar, Romano, un Italiano cincuentón educado y bondadoso que viajaba con una Harley Davidson King Road hacia Madrid para ver a su hijo dormía como un niño chico. Mi otro yo, apareció como siempre, intentándose hacer dueño de la situación.

 ¿A dormir? Tu estas tonto tío, con el ambientazo que hay en la cubierta once.
– Si, tías buenorras y medio en pelotas que me van a poner malo. Mejor me acuesto.
– Venga Alex, una copa, solo una, y nos bajamos, prometo no replicar después de esa copa.
– Que no, que te conozco y caerán dos, no, no. A dormir.
– Alex coño, te estas convirtiendo en un cuarentón aburrido.
– Lo que tu digas, venga, al sobre.
– ¡No tienes huevos!
– ¿De que?
– De subir a la cubierta once a tomar una copa…
Y sin saber muy bien como, me vi en la discoteca de la cubierta once con un gintonic en la mano…
Lo primero que me vino a la cabeza fue la noche que pase con Roberto y José Luis en el ferry de ida hacia Italia. En la misma discoteca solo habían dos o tres almas cándidas, esta vez, en cambio, el panorama había cambiado, la discoteca estaba reventada de Italianos, Españoles y Croatas en viaje de fin de curso y yo andaba solo.
Me situé al final de la barra, apoyando mi espalda y pie derecho en una de las columnas. Me situé cerca de los sofás, en el paso hacia el lavabo. Un gesto inconsciente, instintivo, interiorizado y heredado de mi pasado nocturno. El camino hacia el lavabo es el mejor lugar para hacerte una idea de todo lo que se mueve en una disco, ya que tarde o temprano, todo dios pasa por allí.
Las muchachas, de los tíos no hablaré, rozando todas los diecinueve, pasaban delante mío sin percatarse de mi presencia. Me sentía como un espectro que se había colado en una fiesta privada sin invitación. 
No me gustaría parecer un viejo verde, pero que queréis que os diga, eso culos, firmes, redondeados, salidos y cachondos acompañados de sus pechos, levantados, enérgicos y llenos de vida pasaban por delante mío sin cesar, mi soledad, se veía alegrada por las vistas, al fin y al cabo, a todos nos gusta ver cosas bonitas.
En los sofás, a escasos dos metros de mi, andaban las profesoras y los profesores de toda esa chiquillería, ellas, más cercanas a mi quinta, se mostraban algo más interesadas en mi persona que en los logos, mientras ellos, algo pastoriles, me miraban como aquel que avista a un lobo cerca del rebaño.
– Me acabo el gintonic y a dormir.
– ¿Estas seguro? Las vistas son cojonudas y tampoco se está tan mal…
– Hemos dicho que uno y al sobre.
– Joder Alex, que soso te estas volviendo, venga, pídete otro y ya está, lo juro.
Y sin saber muy bien como, me vi en la discoteca de la cubierta once con el segundo gintonic en la mano…
Me apetece un cigarrillo. De ese modo, salí a la cubierta junto a la discoteca. Allí, junto a la puerta y parapetados detrás del quita vientos estaban El Kiki y los Joses acompañados de varias muchachas y muchachos.
El Kiki, un camionero cincuentón, elegante y lleno de vida, de buena y de mala vida, sostenía su cubata. Su cara, adornaba con una perilla canosa tipo chivo le daba un aire travieso, su mirada, de las sinceras. A su lado, estaba otro camionero, Jose Rodríguez de Huelva, su posado y aspecto era el de un tío noble, calmado y consciente. El trío de camioneros lo finalizaba Jose, de Xativa, un tío algo más joven que yo y que no paraba quieto. Un estilo Messi con barriguita cervecera que hacía difícil seguir sus movimientos, bailoteos, gestos o conversaciones. En definitiva, uno de esos tíos que hace reír a la gente por ser como es, sin esforzarse o proponérselo. Un showman en toda regla.
El Kiki, movido por mi notable soledad, por su curiosidad, o por algún gesto de solidaridad con el viajo motero desconocido soltó a sus colegas un…
– Este es el que os decía antes, el tío que iba con una bestia cargado hasta arriba.
Dirigiéndose a mi comentó…
– Niño. ¿Al final has encontrado las oficinas de Grimaldi?. Risas.
Ostia, el Kiki era el camionero al que le había preguntado esa misma tarde por las oficinas de Grimaldi en Civitavecchia. Yo no lo hubiera reconocido.
– Sí, sí. Al final las he encontrado.
– ¿Que bebes?
– Un gintonic.
– ¿I que te ha costado?
– Seis euros
– Joder nene, nosotros tenemos una tarjeta que te salen a tres euros y medio. Anda tira, que te invito a una copa.
La tragedia se mascaba, lo sabía, y mi otro yo también, sentía como saltaba y botaba de felicidad en mi interior mientras cogía las riendas de mi cuerpo y alma.
Y sin saber muy bien como, me vi en la discoteca de la cubierta once con el tercer gintonic en la mano, tres camioneros, y rodeado de tías buenorras…
Y sin saber muy bien como, me vi en la discoteca de la cubierta once con el cuarto gintonic en la mano, y el quinto, y el sexto… Y ahora cubatas que paso de los gintonics.
Buena conversación y muchas risas, las generadas por Jose con sus bailes y bromas a las chavalas.
A todo ello, apareció en la barra un Búlgaro mostrándonos un fajo de billetes atados con una goma de pollo. La situación era dantesca. Al parecer, el tipo, el Búlgaro, andaba invitando a copas a medio barco mientras tiraba billetes de cincuenta en la piscina vacía. Y como es lógico, quería invitar a una ronda al póker de ases, alma mater de la fiesta del barco.
Los camareros, celosos por la nueva situación, saltaron al rescate del Búlgaro. La gallina de los huevos de oro se les escapaba con los cuatro Españoles más cachondos del barco, su dinero, un fajo de más de dos mil euros, también. Veían esfumarse la posibilidad de trasnochar y estar frescos al día siguiente, ¿Qué como se hace eso? Mucho queréis saber vosotros.
Ese dinero se me apetecía mal oliente y mafiosos, aunque si algo he aprendido durante el viaje de mi vida es a no enjuiciar a la gente sin conocerlos, así, que el Búlgaro, quedará en mi archivo personal como un colega más que me invitó a una copa en este fantástico viaje.
La noche, espontánea y muy lejana a mi pensada y aburrida travesía siguió con risas y bailoteos. Tengo claro que en esto de pasárselo bien la edad no influye, son las ganas y el corazón quienes mandan en estos menesteres. La cabeza, no sirve para nada, y de haberla utilizado, nunca viviría esos momentos y dejaría de ser yo.
La discoteca abrió sus luces y mi estado eufórico era directamente proporcional al alcohol que corría por mis venas. Me alié con Jose para juntos, y desde el centro de la pista de baile, cantarnos un “alcohoooooool, alcohoooooooooooool, alcohol, alcohol, alcohooooool, hemos venido, a emborracharnos, el resultado nos da igual” y vuelta con el estribillo.
Sin quererlo y sin pensarlo, Jose y yo pasamos a capitanear un equipo de más de cincuenta chiquillos y chiquillas que abrazados acompañaban nuestro soez canto. Incluso me atreví a montar un “eoeoeoeeeeeeeeeeee”, respondiendo los Croatas desde el otro lado de la discoteca con el “eoeoeoeeeeeeeeee” correspondiente.
Dicha actitud, despertó a la seguridad del barco que hizo acto de presencia algo preocupada. Los profesores de los grupos andaban alertados viendo a sus rebaños perdidos y desperdigados a manos de dos enarbolados cuarentones, y los camareros, con buena paciencia, tuvieron que salir de la barra para invitarnos a abandonar la discoteca.
No es que me sienta especialmente orgulloso de los comportamientos de mi otro yo, pero entenderéis que debo convivir con él, así, que no teniendo bastante con la discoteca, trasladamos la fiesta al borde de la piscina de la cubierta once, donde Jose, ya a capela y en solitario de desmarcó con los Croatas.
El Kiki, Jose Rodríguez y yo andábamos coreándolo mientras que el amanecer, especialmente azul, me sorprendía infraganti en alta mar y en un ferry que me llevaba a casa dando por finalizado un viaje con muchos buenos momentos, innumerables recuerdos y la sensación de haber conocido y disfrutado con toda la gente que se había cruzado en mi camino.
Mi cabeza, especialmente activa a esas horas, tenía el tiempo suficiente para recordar a Roberto Naveiras, lamentándome , de que no hubiera podido acompañarme en mi ruta por los Balcanes.
La noche, la madrugada o la mañana aún presentó alguna anécdota más como la protagonizada por Romano, quien a las nueve de la mañana, y consciente de que servidor había llegado algo tarde al camarote, me despertaba con un:
– Alexaaaaaandro, alexaaaaaandro, alexaaaaaaandro.
– Dime Romano (Con voz resacosa)
– Sono nove de la mattina
– ¿Y?
–  Faro qualche rumore.
– Haz lo que quieras, ok, ok, Romano. Tu tranquilo…
Al parecer Romano hacia rato que andaba por el camarote sin hacer ruido, el hombre, se había duchado y tenía que secarse su rockera y rizada melena. Oí un ensordecedor secador cerca de mi que duró un par de minutos, pasado ese tiempo, Romano abandono resignado el camarote.
Romano, si lees esto, I’m sorry.
A las once de la mañana mi alma bajaba en pena escondida vajo sus gafas de sol. Deambulaba por la cubierta once, el Kiki y los Jose’s también hacían acto de presencia y estuvimos juntos hasta el desembarco, donde nos despedimos con un simple y suficiente, nos vemos nenes.
Kiki y Jose’s,, gracias por esa noche.
Riders y overlanders, en la ruta Barcelona – Civitavecchia y viceversa van tres camioneros geniales, recurrir a ellos y invitarlos a una cerveza, si podéis, darles recuerdos de mi pate.
Bye habibis.
Nota: Os recuerdo que las entradas del viaje a Turquía son tituladas con un TSM (Trail Süleyman El Magnífico), y que en la web de mi amigo Roberto Naveiras, www.viajoenmoto.com, podéis ver otra visión del mismo viaje.
Video (Sin sonido porque la liamos)
Fotos

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2 pensamientos en “TSM9 – Los drivers del ferry”

  1. Muy buenas Alex, un honor el poder saludarte y saber de ti, que recuerdos tan entrañables e tenid en un lugar del mar y de culla popa no lograba acordarme gracias a la intoxicación etilica causada por tal ingesta de gintonicks jajajaj un fenomeno Alex, bueno tambien agradecer que te acordases tanto de mi como de mis compis y tuvieses el detalle de mencionarnos en tu biografia, sabes que el espiritu que compartimos es el de aventurero y el mismo que hara que volvamos a cruzarnos alla por donde se le antoje al destino mientras tanto desearte todo lo mejor y denuevo agradecerte los momentos vividos fueron breves pero intensos jiji tambien agradecer que quitases el audio del video jajajaja nosotros sabemos las letras de la cancion jijuji sin mas por el momento brindarte un saludo y hasta pronto amigo, un camionero que no para ni parara jejeje

    1. Jajajajaja…. Antoniooooooooo! Sinceramente, soy yo quien os tiene que agradecer esa fantástica noche, sin vosotros, ésta hubiera sido aburrida y encerrada.

      Sobre el video, vi coherente y prudente guardar los canticos para nostros… 😉

      Está claro que los camioneros tenéis mucho de aventureros, de eso no hay duda.

      Espero volver a coincidir algun día con vosotros. Un abrazo.

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