Único en si mismo. (Capadoccia)

Turquía

Un rugido que no es familiar llama mi atención y me despereza en una fría  mañana de junio, se asemeja al sonido de un soplete de gas a máximo rendimiento. En un primer momento y bajo la pesadez mental de la hora intento recordar donde me encuentro mientras suena intermitentemente ese “guuuuuuuj- guuuuuuuuj- guuuuuuuuuuuuj” algo molesto. El dormir en tienda de campaña a veces me hace perder la noción de mi situación geo decimal, el vino de la noche anterior también.

La luz que se cuela en la tienda de campaña deja entre ver que un día más el sol sigue luchando con las nubes para abrirse paso de la misma forma que yo intento abrir la condenada cremallera del saco, esa jodida cremallera que siempre se engancha cuando tienes prisa por salir a miccionar, y que a su vez, provoca cierta angustia claustrofóbica. A veces, pienso que cualquier día me levantaré con el saco dentro de la tienda y la liaré parda como aquella que ya sabéis. Por cierto, partiendo de los colores de mi tienda de campaña es fácil pensar lo que siente una crisálida dentro de su capullo blanco y rodeada del verde de la hoja que la salvaguarda antes de salir a descubrir el mundo. Que cosas…

Estamos en la Capadoccia y es nuestra segunda noche en un camping que según Roberto Naveiras está cerrado porqué es temporada baja. Ummmmm, esa idea me parece sosa y poco elaborada para el momento, así que mi opinión al respeto va más encaminada a pensar en una trama urbanística con un litigio entre el propietario y el ayuntamiento de la zona, quien mantiene el camping cerrado aludiendo a deficiencias estructurales, verdad o no, genera una entretenida conversación entre Roberto y yo.En cualquier caso, dos noches gratuitas en un camping semiabandonado a cien metros del centro de Goreme mientras seguíamos a la espera de que alguien apareciera para cobrarnos o recriminarnos nuestra acción alegal.

Al salir de la tienda en calzoncillos lo primero que siento en mis pies es humedad. Sí, empiezo a recordar, y la noche anterior me metí en la tienda lloviendo. Continuo mi ritual con un gesto por todos conocidos y muy placentero que consiste en estirarse de tal forma que parece que se te van a desencajar los huesos, y a ese movimiento le sigue otro, una media rotación algo afeminada hacia el lado, en este caso, hacia el lado del “gujgujguuuuuuuuuuuuj” que me atacaba por la espalda.

– ¡Coño! ¡Otra vez me pillan en paños menores!A escasos cincuenta metros de mi tienda, y al otro lado de la valla de metro y medio del camping se encontraban una veintena de turistas, en lo alto de una colina se disponían a montar en una enorme cesta de mimbre hasta que mi cuerpo serrano y en calzoncillos apareció en escena llamando su atención a la vez que los despistaba en su labor de montar en globo.El sorpresivo alumbramiento no me hizo cambiar mi pose algo afeminada, se hubiera notado demasiado, me limité a esconder un poquito la barriguita y hinchar el pecho de aire, mucho más plástico, luego, pensé.- ¿Qué hago ahora?
– Pues que vas a hacer en semejante situación. Saludar con naturalidad.Y sin más, allí estábamos todos, servidor en gallumbos saludando a mano alzada y con energía mientras la veintena de turistas, algo lentos al principio, respondían con el imitado gesto llevados por el momento y la situación.

Roberto seguía durmiendo. El ruido que hice al limpiar los cacharros de la noche anterior en el único grifo que nos daba agua y que estaba situado al lado de su tienda tampoco lo desperezó. Y que más da pensé, que se levante cuando le de la gana. ¿Acaso tenemos prisa?

Mientras escribía alguna de las crónicas del día por mi cabeza volaban una cincuentena de globos aerostáticos, Capadoccia llegaba a su fin después de dos días viendo sus formaciones areno rocosas a la vez que extraterrestres, carreteras olvidadas, dejadas y solitarias, planicies sin fin, ríos, valles y montañas con gentes de muy buen tratar.

Un lugar en el mundo único en si mismo que será difícil de igualar o olvidar.

Fotos de la Capadoccia

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