Vall d’Àneu entre ardillas Parte 2

Y el sábado la vall d’àneu se levantó con un manto azul que me recordaba al dibujo de un niño, un dibujo con todo lujo de detalles, colores y olores. Por tener, tenía hasta su salpicón amarillo que tímidamente templaba el ambiente.

Vall d'Àneu

Estaba en el camping de Esterri, en un bungalow que invitaba a salir por su puerta a estirarse en calzoncillos. ¡Como me gusta hacer eso coño! Aún recuerdo cuando lo hacía a – 3 grados y a las siete de la mañana allà por Lleida. Se ponía todo… ¡Duro!

Al lío. La meta del día era subir al Estany de Sant Maurici en el Parque Nacional, permitirme no traducir esto, Parc Nacional d’ Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Hacía muuuuuchos años que no andaba por esos parages, tantos, como demasiados. Salí de esterri dirección Valencia d’Àndeu, i de allí a la izquierda para subir hasta Son y contemplar las vistas del valle d’àneu. De Son a Jou, i de Jou a Espot para subir por una tranquila carreterilla hasta el aparcamiento del parque.

Hace muchos años solía pernoctar en un albergue de Son que me costaba cuatro duros y me permitía subir por el Port de la Bonaigua a coger los remontadores de la estación de esquí de Baqueira Beret. El único inconveniente de lo barato de la gestión, es que a veces, si te caía la nevada nocturna, al día siguiente la pista de tierra que iba de Son a la carretera principal convertía mi mi Clio S en un quitanieves que acababa encallándose a la espera de un 4×4 que lo remolcara.

Como os iba diciendo hacía años que no subía a Sant Maurici, un camino de unas dos horas de acceso fácil que me recordó las Ramblas de Barcelona en hora punta, y es que ahora todo el mundo hace running o trekking. Al llegar al lago peor, niños y no tan niños haciendo saltar piedras por el agua, gritos, chillidos…

¿Donde se había ido la tranquilidad de años atrás?

Vall d'Àneu

En lo alto de una colina y algo apartado vi dos grandes piedras bajo tres arboles que me invitaron a comer mi bocadillo mientras desde la lejanía de los cien metros observaba el ir y venir de todos aquellos montañeros.

Creck, crack, creck… Ese ruido llamó mi atención. Al girarme, por la espalda y a escasos dos metros una ardilla se apresuraba a pasar de rama en rama. No dudó en pararse, levantarse sobre sus dos patas traseras y, mirarme. Tres segundos bastaron para establecer un contacto visual que se alargó en el tiempo de mi conciencia.

Vall d'Àneu

La bajada como la subida fue demasiado concurrida, y sólo las cervezas del Bar de Espot saciaron mi sed de bienestar. Bueno, para ser sinceros, la sed fue saciada también por el recuerdo de la ardilla y las truchas comiendo de la mano de una montañera.

Vall d'Àneu

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