Vatican Express, y su pegatina.

Vatican

Ya son muchas las opiniones sobre lo que es viajar, pasar, cruzar o estar en un país, o como debe producirse para que se considere que “has estado” sea en tránsito, en estada vacacional, o simplemente en una fugaz pasada, y no seré yo quien ahora reabra el debate pues me cansa, allá cada uno con su interpretación, critica o pensamiento, por suerte, en eso somos totalmente libres.

La cuestión es que dentro de mi hay algo que me anima o me obliga a poner pegatinas en las maletas, sí, sí, la de los países en los que he “estado”, viajado, visitado o pasado. ¿Egocentrismo?  ¿Necesidad de Reconocimiento social? ¿Vacilar al personal?
Pues no lo se exactamente y a lo mejor hay algo de todo ello,  lo que conozco es la placentera sensación que siento cuando contemplo las pegatinas en las demás maletas, los pasos de montaña, concentraciones, países…
¡Joder! Cuando me doy cuenta de lo que me falta por ver y visitar mi cabeza entra en un shock cerebral. Y no es porque deba o vaya a visitarlos todos, aunque me gustaría, vaya que si me gustaría.
Claro está, que si siento una sensación placentera viendo las pegatinas en las demás maletas, imaginaros lo que siento al ver las mías, las que he conseguido cual mejor trofeo competitivo. ¿Competición? No, tampoco es eso.
Al final, y haciendo un esfuerzo de sinceridad pienso en que pongo esas pegatinas en la maletas para recordar los sabores, los lugares, sus gentes y todos los momentos vividos en ellos. Turquía y su abuelo, los niños de la Capadoccia, Italia y el foro Romano, Croacia y su torre de Vukovar, Dubrovnik, los tranvías de Zagreb, Bosnia y la familia Memic, la Bola de Nordkapp, el desierto de Er Chebbi, y así, un largo etcétera…
Sí. Las pegatinas de mis maletas son para mi recreo, para recrearme cada día cuando las veo, definitivamente, y aunque me pese, os tengo que decir que no las pongo por vosotros.
Y dentro de ese descalabro mental, entre reto y realización personal, cuando estuve el pasado mes en Roma, volviendo de mi vuelta Turca y Balcánica, mi otro yo tuvo una genial idea…
– Niño, ¿sabes que aquí está el Vaticano?
– Ostia, es verdad, un estado propio, con su policía, cuerpo de bomberos, correos… Un país con bandera propia dentro de Italia. Ya me estas liando!!! No nos dejaran entrar, está prohibido ir en moto por el Vaticano.
– Venga Alex, ¿ahora me vas a decir que eso te va a parar? ¿A ti? Te presentas en la puerta, te haces el longui y tiras pa dentro.
– Está prohibido!
– ¿Lo intentamos?
– Estas chalado, pero vamos.
Así que desde el Foro Romano bordeando el Río Tevere me fui acercando al puente que lo cruza, seguí recto hasta toparme con la Plaza San Pietro donde uno ve lo que es la iglesia, y hasta aquí comentaré de ese tema, giré a la derecha y luego a la izquierda plantándome al final de la calle Borgo Pio, en frente, una de las entradas a la Ciudad del Vaticano, la puerta de Santa Ana.
– Muy bien melón, ¿y ahora que hacemos?
– Pues to pa lante.
– Y al policía de la puerta que le digo, ¿que soy primo de Jorge?
– Tu tira recto a ver que pasa…
Pues nada, tiré recto, cruce la vía de la Puerta Angélica y me planté en la entrada del Vaticano. Como podéis imaginar, no se hizo esperar el gesto de la Guardia Suiza, un paso al frente algo asustado a  la vez que levantaba mano derecha y erguía el dedo índice acompañado del típico gesto del molinillo..
Estaba claro, me venía a decir date la vuelta que por aquí no pasas. Pero bueno, en ese momento ya me encontraba entre el paso de peatones y la puerta de hierro abierta, flanqueada por sus dos columnas y custodiada por ese guardia Suizo y su compañero.
– Estoy solo a unos metros. Pensé. Venga Alex, haz algo y mete la moto allí dentro.
Sin más empecé a maniobrar la moto hacia atrás, muy lentamente, casi sin moverme, cientos de turistas cruzando el paso de peatones detrás mío me ayudaban en mi tarea, me giré, y miré al guardia suizo, me volví a girar, otra vez lo giré y me levanté la visera oscura, me giré hacia los peatones, y a la tercera vez que me giré, le hice un gesto con los brazos abiertos seguido de mi dedo haciendo el molinillo indicando su posición.
¡Milagro!
El Guardia Suizo, inequívocamente, me hacia un gesto con su mano. Ese gesto era el de la victoria. Su mano se movía hacia él, con su dedo índice indicando sus pies, siguió con un balanceo de su brazo con su incide apuntando al suelo a la vez que dibujaba una línea imaginaria delante suyo, estaba claro, me permitía dar la vuelta en su posición.
¿Y donde estaba él?  Tres metros dentro del territorio de Ciudad del Vaticano, lugar, donde la gordita y yo dimos la vuelta.
Visita Express en moto al Vaticano, y ésta, nadie me la quita ya.
vatican
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6 pensamientos en “Vatican Express, y su pegatina.”

  1. Lo que te pasa a ti con las pegatinas, me pasa a mí con los imanes de nevera! Y ya van dos cosas que creo que eres el único que las ha hecho, lo que acabas de contar del Vaticano, y recorrerse El Retiro en moto! Que crak!
    Saludos
    Anita

    1. Ufff… Lo de los imanes sería para otro episodio, jajajaja.

      Sobre lo del retiro, sin comentarios, y sobre lo del Vaticano, si te digo la verdad, aun desconozco si se puede entrar o no en moto o coche, la verdad, lo único que te puedo asegurar es que por la puerta de Santa Ana “no se puede”.

      Lo digo porque igual sale alguno diciendo que por la puerta tal, o por la puerta pascual, o pidiendo un permiso, o ves a saber tu que… Igual si se puede, y como siempre me lie. 😉

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